Resignada estoy desde hace tiempo que ser escritora, como diría sabines, solo puede llegarme por contagio.
Ese conformismo, para empezar, explicaría mi vida amorosa, me han conquistado con letras. Unas buenas otras malas, pretenciosas historias, a veces tan de cliché. Y sigo esperando un libro que un teatrero me prometió. O me acuerdo bien de las historias rebuscadísimas que en ciudad, aquel buscaba ser analogas de Rulfo.
O aquel otro que me mantenía atenta mientras en ambiente bohemio me decía que quería ser escritor.
Pensandolo bien, no hay ningun escrito y he mandado cartas que no han sido respondidas y he puesto en portada autores que no han querido siquiera tomar la pluma y comenzar a escribir.
Al final ingenua y romantica, ¿que será de mi, entonces? Musa en paro, que ha perdido pedestal, cuyos autores agota e impacienta.
Sabines en un ejercicio hermoso y sutil de humildad, o más bien de encantador desconocimiento propio escribía:
"Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila."
Mi angustia se incrementa, aquel letradisimo alla arriba gustoso se etiqueta simplemente de peaton, ¿que podré decir de mí que con las letras soy terrible y como peatón peor?
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