Me gusta lo que soy cuando te pienso, como revivo con el imaginario de tu dedo recorriendome el pecho, tierno sin siquiera tocarme los senos, un jugueteo casi inocente pero consigue ser tan sensual que me alimenta, que me despierta y me da regalos y culpas cuando recién amanece.
La reacción casi inmediata de tu cuerpo (nuestros cuerpos) tras encontrarse se siguen buscando de todas las maneras que puedan inventarse, es justo esa posibilidad, ese potencial de inventar cada vez nuevas formas de seguirnos que me mantiene pensando en ti.
En el beso que son todos los besos, ese resumen lento, pesado, que me estorba al respirar, que abarca más allá de la boca y se siente con la nariz, la punta de tu nariz que es oro, que son joyas, que tu cara es un tesoro, tu boca, esos labios carnosos contrario a todo lo que existe se queda quieta, como si nada más hubiera, es el momento en el que te detienes; me detengo contigo y aprendo la calma.
La pausa, delicada, repetitiva, incomprendida pausa. ¿Qué será? y en cada unión de nuevo la pregunta, las preguntas, mis preguntas que quiero responder contigo, en ti. En cada uno de los suaves movimientos que son tus labios, tulipanes, cientos de tulipanes, campos de tulipanes a la merced del viento. El regalo a mis labios, o será un terrible negocio? Será que entre cada encuentro mi deuda crece y crece. Cientos de campos de tulipanes que se mueven de derecha a izquierda en un hipnótico vaivén.
Y tu risa, esa si es mi ganancia, ese si es mi trabajo, mi especialidad, si supieras cuanto me regodeo cuando te oigo reír, cuando sé que es por mi por quien sonríes.
Tu no lo entiendes, pero las cosas parecen tan poco importantes cuando te ríes, y acercas tu cara después de la carcajada y yo no puedo besarte porque sonrío también. Ojalá esto fuera eterno, tu risa, tus besos, los labios y el reconocimiento de tus dedos. Eso es el deseo.

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